lunes, diciembre 22, 2014

16 de diciembre de 1975


Son 37 años vividos, pensé al soplar la vela que adornaba la torta. Muchas imágenes me cruzaron por el cuerpo. Son 37 años de abrir los ojos, de explorar, de aprender y de saber que la rueda continua girando. Son 37 años que alguna vez comenzaron a correr y el recuerdo me inicia sentado sobre una mesa mirando algo y viviendo como mis padres gritaban en mi casa ante eso que se podía ver por un aparato que me atrapaba, era el mundial del ´78 y con el los festejos de una fiesta popular, me recuerdo a los hombros de mi padre caminando entre la gente. Después el jardín de infantes, mis primeros amigos y la alegría de jugar. En mi escritorio se puede ver una foto de ese niño con la sonrisa dibujada y me emociona su expresión. De más grade y entrando a la escuela fuimos a vivir con mi abuela, las cosas no andaban bien para mi padre y esa fue la solución. La abuela era una mujer trabajadora y nos daba todo lo que ganaba en pequeños retazos de amor en forma de tortas, billiken y la primera enciclopedia. En esa etapa jugábamos todo el tiempo y el barrio era una fiesta. Zona humilde de la ciudad donde los pibes teníamos gomera y pelota. Todos los días caminaba un breve trayecto para tomar el colectivo verde, “el común” me decía mi madre, no el recorrido “cuba”, y eso siempre tenia presente al verlo venir leía en la parte contigua al conductor en que marcaba el tipo de recorrido, y me bajaba en la esquina de la hoy escuela de comercio, caminaba dos cuadras y ya estaba en la escuela nº 2 "Carlos Pellegrini". Eran tiempos de Pachi y Pablo, el primero era el amigo del barrio y el segundo de la escuela. Luego de dos años nos mudamos de la casa de la abuela a una casa a tan solo 2 cuadras, fue mejor porque mi madre no se llevaba bien con su suegra, cosas de rito. La nueva casa era una fiesta porque era amplia y tenia pieza para todos, había una hamaca y un tanque de agua que nos sirvió para poner todos los peces que pescábamos en nuestras incursiones de fin de semana al dique, una actividad que hacíamos con mi papá cada vez que podíamos. Por las tardes lo acompañaba en el falcón a las fabricas que visitaba en Tandil. Era un Falcón color verde con su franja central en un tono menor, un Sprint ´78 con el cual recorría todo el país.
Como a los siete u ocho años nos mudamos al Barrio Metalúrgico a una casa hermosa, ahí hice base en  mi niñez. Me recuerdo que todos estábamos ayudando a pintar la casa cuando llegaron varios chicos con una pelota en la mano y nos invitaron a jugar al futbol, fue algo increíble. En la cancha no pasaron más de 5 minutos hasta que se formo una ronda y sin darme cuenta estaba en el centro de ella con un chico que me invitaba a pelear, fue mi debut pugilístico con el “chita”. Confieso que le di un trompón de pura defensa y con ello me gane un lugar en el barrio. Ahí estaban el Nato, Tony y un montón de chicos más. En ese barrio aprendí a vivir y fue lo mejor que me pudo haber pasado. Teníamos una cancha de futbol, una de basquet, un puente ferroviario en desuso, un pequeño arroyo, las sierras, las canteras e infinidad de mundos para jugar. Lo aprendí todo en ese barrio. Ya terminando la secundaria la tierra se movió y comenzó una etapa gris, la fabrica donde papá trabajaba comenzó a caer más y más y los problemas aparecieron. Un día al cenar nos dimos cuenta con mis hermanos que ya no éramos una familia completa y que desde esa noche había que poner 4 platos en lugar de 5, así de simple y directo, sin mayor explicación que la de un acto de voluntad propio. La magia de ser un estudiante universitario me salvo de todo aquello. 
Todo el tiempo de vivir en Mar del Plata fue especial, nada podía opacar los momentos vivenciados. Con Tony, Leo y los otros, formamos un grupo profundo y aun en los momentos en los que toco pasar un poco de hambre nunca nos faltaron las ganas de andar por ahí de noche de lunes a lunes, y mientras eso ocurría la facultad fue pasando. En esos tiempos conocí los primeros noviazgos “responsables”, viaje a conocer suegros que hoy no tengo y a otros no los llegue a conocer. Fui responsable en la irresponsabilidad continua y puedo sentir que viví como debía vivir un estudiante. Algunas noches me las perdí por trabajar y otras tantas no las recuerdo por haberme cargado tanto con alcohol que la memoria se perdía en un horario. Cosas que se necesitan vivir para crecer. Pero como todo proceso de felicidad plena llega un momento en que se termina y toco que todo cambiara. La vida me dio un derechazo del que creí no poder levantarme jamás, hizo que toda angustia vivida con anterioridad parezca un pequeño rasguño o un espinilla clavada en la yema de un dedo. Minimizo el todo y lo dejo tirado en un rincón de mi alma. El cielo fue gris y el tiempo se paralizo. Al recordarme en aquel momento me parece que el tiempo se había frenado en mi y que todo lo demás podía continuar salvo mi vida. Recuerdo a Mariano sentado enfrente de la casa mortuorio llorando a lagrima viva y me vuelve a brotar pena. Ese día me convertí en un amputado de amor. Ese día crecí 23 años en 1 hora. Fui todo lo fuerte que debía ser y lo fui pagando por años. Pase los peores 6 meses de mi vida en cada hora transcurrida, en el despertar y recordar la ausencia, en terminar mi carrera y retirar el titulo como alguien que pasa por el correo a retirar una carta que intentaron dejarle y no le encontraron. Desde el 5 de Agosto de 1999 a las 22:05 horas en adelante sentí la necesidad de sentirme vivo al saber que la vida es tan frágil como un segundo y que en igual porción de tiempo desaparece de tus manos. La curación fue evolucionando hasta hacer esa cicatriz que siempre continua latiendo en el corazón. Me hundí en mi propia tristeza y llegue a pesar una centena de kilos. Todos los días me levantaba temprano y pensaba mientras me cambiaba para ir a trabajar a Metalúrgica Tandil S.A.. El verano del 2000 me encontró a la vida y comencé a reincorporarme. La herida en sanación me permitió volver a reír y el sentir que aquello que se sembró explotaba en momentos fue lo que me dio la llave para recordar en la alegría. De allí en más todo fue ascender en la felicidad de la vida. Lo que me sacudió me llevo como un trampolín a otro nivel de vida. Comenzó la aventura de recorrer kilómetros y vinieron visitas a varios lugares vecinos. La primer oficina, la segunda y el primer impulso de viajar más allá. Un día dije me voy a Europa, y así fue que sin decir nada saque el pasaporte y a los 20 días me plante en una agencia de viajes y compre un pasaje abierto por 3 meses. Me senté en el asiento y sentí como las turbinas me impulsaron contra este y pensé “que fácil era” y desde allí siempre me fue fácil y siempre fue primero el impulso de conocer y luego ver como hacer. Baje del avión y tenia en mi mano una maleta gigante y una papel con 2 teléfonos: el de Maxi y el de Lupin Argerí. Honestamente baje del avión sin saber adonde iría, ni lo que haría, un kamikaze, solo sabia que quería viajar y que ahí estaba. Salí por la puerta de los arribos y me puse a buscar un teléfono, fui a pedir unas monedas para llamar y el chavalito de Maxi estaba ahí esperándome mientras tomaba un café. En ese viaje me hice aun más hombre y me encontré con Serge y AM
A los 3 meses regrese a mi casa y descubrí que las sillas que tenia en el living eran de diferentes juegos. Conocí a los sobrino: Matí y Peter y meses después Mendo. El mundo giraba muy rápidamente y cambiaba sonrisas muy a menudo. Conocí la Torre Eiffel, el Sagrado Corazón y rodé nuevamente. Me sentí recuperado casi 5 años después, pero con la certeza de que aquello era un recordar en la felicidad a mi mejor amigo. También me divertí mucho jugando al futbol en Juventud Unidad, lo que en realidad era un grupo de pibes que la paso genial por más de 3 años. Volví del primer viaje por Europa y a los 2 meses me fui con los Milani a la primer Sudaqueada, lo que fue increíble. 


En un Peugeot 306 con radiador roto buscando agua por un poblado de Bolivia de no más de 3.000 habitantes hasta dar con un “mecánico”, que no solo fue eso, también fue un semi-dios en aquella tarde de domingo de diciembre. Regresamos y maduramos lo que nos fue pasando, con Leo sellamos la hermandad que sentimos para el infinito. Luego pase un periodo de descanso en el cual disfrute todo lo que había vivido en los últimos años, me contente con mi profesión y comencé a disfrutarla y hasta en algunos momento me sentí abogado en el buen sentido de tal carácter. Me volví a despertar y otra vez cruce el charco para visitar al Maxi y girar por otros lugares. Me volví un poco más burgués y las sillas pasaron a ser todas del mismo juego. La vida continuo y cada tanto miraba por el espejo retrovisor lo recorrido y me sentí contento por la leve sensación de honrar la vida. Música, films, libros y charlas me contentaron y con ello nació la segunda Sudaqueda como un resabio de un sueño latinoamericano que se trunco. Con Matí por la cordillera, fue indescriptible. Al regresar continúe criando a los 3 sobrinos y disfrutando de mis sobrinas. Los amigos seguían siendo los mismos amigos y se le sumaron nuevos seres especiales. De pronto tenia más de 30 años y caminaba firme y sonriente. Un día me di cuenta que siempre fui feliz, salvo aquel periodo gris con más otras breves manchas, pero que en realidad siempre había sido un tipo feliz, quizás lo fui y lo siguiere siendo por tener poca expectativa de los otros y que por ello cada caricia o acto de amor que recibo es demasiado. Será que aquello que para otros es natural, y al no haberlo tenido nunca, hizo que lo mínimo siempre sea especial. Serán las caricia nunca recibidas, el beso nunca dado. Miré mis 30 años y me recordé unos cuantos actos equivocados, trate de reparar mis errores, pero a veces la vida no te lo permite, el tiempo pasa y solo se puede reparar con otros lo que se actúo mal. “Si yo fuera Maradona viviría como él…la vida es una tómbola”, sin dudas, una obra de teatro en tiempo real que no se puede retroceder. Se hace y se deshace siempre tocando sentimiento de terceros y aun con el mayor de los cuidados se quitan alegrías y sonrisas. Mi única satisfacción en todo ese lío es saber que logre hacer ver en otros sus propios colores, esos que quizás no sabían que tenia y que luego si vieron salir de sus manos. Muchas veces me sentí un hombre trampolín y me gusto serlo, era el único rol que podía cumplir y me acomode al papel. Tengo la certeza que con el tiempo se disipo la neblina en algunos ojos y se supero la frustración de lo que no fui y floto lo que se dejo. Un día después de los 30 soñé que viajaba a India, guau no salgo de mi asombro, que viaje único vivimos con Ariadna y Lucas, sin dudas que aventura, que periplo por gran parte del mundo. Una marca a fuego. No me sentí más un hombre trampolín que preparaba para otros y me senté en el sillón de la vida a mirar mi propia historia de amor. Llego Vane con el ímpetu de amor que me caracterizo y al momento de eyectarla y/o eyectarme no se acciono el botón y es que ella sabe volar. Abandone la teoría de hacer lío al primer indicio de sentir que comenzaba a enamorarme o dependiente de alguien. Me di cuenta que era otro. Un día me miro y me dijo “te das cuenta que hace 15 días que nos conocemos y ya estamos viviendo juntos”, si, me daba cuenta y me hizo feliz. Otro de esos días le vi poner cara de asco cuando preparaba la comida y en su expresión de repugnancia mi certeza y alegría, estaba embarazada. Corrimos a la farmacia y compramos un test, lo hizo y al confirmar la presunción le pedí que arme una pequeña valija y nos fuimos a la ex Yugoslavia a sellar nuestro futuro juntos. La panza fue creciendo y un día el enano que estaba dentro salio. Que fuerte. Me paralizo la escritura el recordarlo. Semanas después me senté en el altillo y pensé en el trípode que conformábamos mi padre, mi hijo y yo. Recordé la charla con Matías mientras cruzábamos de Argentina a Chile y al sentirnos cabalgar la cordillera imaginamos lo grandioso que habría sido atravesar esa inmensa muralla en compañía de nuestros padres. Era un sueño a cumplir con mi hijo y le escribí una carta para cuando sean sus 18 años, en ella el deseo de compartir algo de par a par, no ya desde hijo/padre, sino de amigo a amigo, de compañeros, pudiéndote ver como un hombre, un simple hombre y no como su padre y de ello apreciar lo que uno puede ser. Son 37 años caminados y volcados brevemente en este escrito. Fuera de él un montón de gente que amo, pero es que es solo un brevísimo raconto….            Juna Martin          


PD: Hoy 22 de diciembre de 2014 logré recuperar la clave de este blogg y al hacerlo me encontré con este escrito en formato borrador. Reza que fue comenzado el 17 de diciembre de 2012. Me encanto encontrarlo y así lo publique. Hace unos días cumplí mis 39 año y hay un retazo para agregar a este relato y ya lo haré.