Casi un año ha pasado desde la última publicación, esa que bajo el nombre de Pedro me permitió romper esta angustia literaria que de génesis lleva mucho más tiempo. Es difícil determinar que te lleva a dejar de necesitar la expresión escrita, abandono ese pensamiento ya que queda en un sin sentido “el porque?” de la no escritura.
Confieso que si escribí una pequeña nota a favor del “verdadero Iván”, el de carne y hueso, él que me emociona diariamente. Respecto del otro Iván, mi alter-ego, al que le adjudique calificativos que yo no poseo, ese esta esperando que la vida de letras regrese para asomar su cabeza.
Así es que le escribí al Iván que miro a los ojos todo el tiempo, le escribí para que se calme el egoísmo que reina en mi, ese que es un motor que me impulsa y me arrincona. Siempre supe que el mayor de mis pecados es el egoísmo y por ende trato de encaminarlo a su lado más sano, si es que lo tiene.

En ese sentir de la vida es que me senté frente a mi computadora y le explique todo aquello que nos regalamos con Matías mientras cabalgábamos en el “dragón negro” por el lomo de los Andes. En aquel momento en que las laderas del imponente montañoso dividía rayos de sol de la nevisca. Como un designio de la vida la tierra nos dio ese punto y contrapunto irrepetible y con él la necesidad de desnudarnos a corazón abierto. Como explicarnos que con solo unos minutos y metros de diferencia pasamos de un sol radiante en la ladera argentina de la cordillera a una nevisca en el lado chileno.
En palabras y frases nos jugamos una charla con aquellos que nos guiaban en un parlamento imaginario al que nos animamos por creer que todas aquellas pequeñas cosas que nos habían legado estaban florecidas en nuestros actos y pensares.
Sin saberlo ese día me propuse hacer un paso más en ese camino de legar en el que llega para que luego este haga lo que quiera con lo que uno le da y escribí un sueño a varios años, un sueño de andar por un lugar del mundo con él. Una tonta revancha al tiempo que me fue negado y si el tío nos acompaña, quizás será una pequeña revancha para Matías también.

Plasme ese sueño en una carta y la guarde en la biblioteca, duerme entre las paginas del Eternauta, y es que me tome la licencia de relacionarlo con esa obra contestataria de un Oestertheld que no soporto el silencio de los otros y resistió por todos y escribió para todos desde la clandestinidad hasta que lo chuparon en
La Plata. En mi mundo un héroe indiscutible, un hombre simple con el poder de la palabra. Fue objeto de la dictadura él, sus cuatro hijas, dos yernos y cuatro nietos, de los cuales dos fueron recuperados por Abuelas. Un hombre mayúsculo, como el Che, como Allende, como otros tantos que en el romanticismo de un mundo gris se han dejado la piel por su sueño. Algunos castigaran a mis héroes, pero es que en mí lo son por su capacidad
de dejar su individualidad para el bien común, algo en que aun me encuentro en la cobardía absoluta. Hace semanas visite la casa del Che en Alta Gracia y el sentimiento más lindo que experimente fue el de volver a sentirme tan insignificante en relación a ese tipo y su hidalguía a la vida. Por otra parte le diría a aquellos que marcan a mis ídolos como de izquierda que los de derecha son feos porque la derecha no es romántica, es simple, utilitarista y ninguno de sus héroes han dejado su vida en su pensar, solo han hecho que otros lo hagan por ellos.
Mi pequeño homenaje a tan valioso ser humano haciendo dormir en su obra mi sueño a dieciocho años vista, en un acto de tomar con mis manos este manojo de sentimientos contenidos en el pecho arrancándolos y metiéndolos en un sobre para cuando mi hijo tenga esa edad en que la mano de su padre le va a dar paso a su propia mano para marcar el rumbo y se va a poner sobre su espalda.

Queda un camino por hacer y el cual consistirá en mostrar lo que uno es, ama, añora. Será contarle como uno vivió la vida y decirle sobre esos seres que uno piensa en su inmenso ejercicio de tratar de entender este mundo. Un camino que será hermoso y que encontrara como meta ese viaje que nació en el lomo de los Andes y se disparara a otras montañas, a otro continente, a tierra de seres diferentes con millones de años en su espalda. No será un viaje fácil y con ello la posibilidad de sabernos iguales con Iván, de sabernos hombres.
Juan Martín.